
Hay algo lastimoso en saber que las estrellas de tu infancia no son esos personajes ideales que uno pensaba. Por ejemplo, ¿quién no soñaba de niño con cruzar su camino con la Princesa Leia (o convertirse en ella, según cada uno/a)? Sin embargo, luego uno descubre que a Carrie Fisher la fama le trajo problemas de alcoholismo y drogas, y el niño que lleva dentro se muere un poco más.
Durante años, Carrie ha intentado librarse de su adicción al alcohol y otras sustancias menos legales, de las que nunca podía librarse. Perder una y otra vez la batalla la sumía en tremendas depresiones, que alimentaban aún más el problema.

Varios expertos le aconsejaron una solución: terapia electroconvulsiva. Un tratamiento utilizado cuando no funcionan los medicamentos anti-depresivos, y que consiste en transmitir unos impulsos eléctricos mediante unos electrodos colocados en puntos clave de la cabeza.
Carrie finalmente se decidió a ello: “No quería hacerlo desde hacía años. Pero funcionó tan bien, que lo recomiendo encarecidamente… ¡incluso si no se necesita! Ya no se tienen convulsiones, así que debería llamarse sencillamente ‘electro-terapia’.”
Aún sabiendo que los tiempos cambian, y que se trata de una terapia médica seria, controlada y corriente, no consigo imaginarme sino una siniestra parodia de la escena.

Cuánto más glamour tendrían las estrellas del cine si no supiésemos nada de sus vidas…
Además de seguir colaborando en Padre de Familia esporádicamente (con el personaje de Angela), Carrie prepara varias películas, como el film de terror Sorority Row y la comedia E-Girl, que ella misma ha co-escrito.